Soy ciudadano del mundo y quiero mi mundo sin fronteras, sin muros racistas, sin diferencias irreconciliables. Con autogobiernos locales elegidos democráticamente y una autoridad global que sólo se dedique al desarrollo de mejores formas de producción y a resolver problemas de abasto y conflictos territoriales. Somos casi siete mil millones de humanos y es cierto que cada cabeza es un mundo, pero más cierto es que somos hermanos de especie y que además estamos íntimamente, orgánicamente ligados con los demás seres vivos y con nuestro planeta. Esta es una verdad científica y que me perdonen los curas, rabinos y ayatolas, pero sus respectivas ideologías son anacrónicas, están obsoletas y, en lugar de ayudar a crecer espiritualmente a sus seguidores, les contaminan sus conciencias con creencias de hace miles de años que principalmente sirven para alimentar su fanatismo. Deben renovarse o morir.
Lo bueno es que cada vez somos más los ciudadanos universales y menos los reaccionarios autoritarios. Cada quién con sus pertenencias culturales, sus familias, barrios, pueblos y regiones enteras, decidiendo entre sí como vivir y respetando los derechos de los demás.
¡Ciudadanos del mundo, uníos!